Convivencia y capacidad reflexiva en clave de pandemia

…los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros…

Fragmento de Piedra de sol, de Octavio Paz

Nuestra naturaleza humana es eminentemente social, aprendemos a ser humanos gracias al contacto, a la convivencia con otros seres humanos. Aprendemos a comunicarnos, a expresarnos, aprendemos a vivir gracias a nuestras relaciones con otras personas. Por lo tanto, nuestro “yo” es siempre “social”, “intersubjetivo” como reza en clave poética el fragmento del poema de Octavio Paz.

Cómo y con quienes nos relacionamos depende siempre de varios factores, entre otros, de nosotros mismos, quienes somos, qué roles asumimos, qué lugares ocupamos en los grupos a los cuales pertenecemos, cuántos años tenemos, en qué etapa de nuestro ciclo vital estemos, etc. otros; además del marco temporal y espacial que condiciona o regula nuestras relaciones.

Convivencia durante la pandemia COVID-19

Hoy con la convivencia que surge con el COVID-19 gran parte de nuestros modos habituales de interacción y encuentro están modificados, sobre todo debido a que una de las medidas preventivas primarias de cuidado es el distanciamiento físico que debemos mantener entre nosotros.

La estrategia de aislamiento que nos pide que nos quedemos en casa durante la pandemia, genera varias consecuencias, una de ellas es que llevamos a casa varios roles que antes estaban distribuidos en diferentes espacios y tiempos (trabajo, educación, ocio, etc.) con las tensiones que eso trae consigo; por otro, nos obliga a interactuar de manera más cercana con aquellos que convivimos, pasando más tiempo compartido en el mismo espacio; con los demás – los que están fuera de nuestras casas – nos queda la comunicación virtual, remota, mediada por nuestros dispositivos.

En este escenario en clave de pandemia, los medios de comunicación nos informan diferentes temas, algunos de ellos sobre el impacto de la ruptura de las rutinas en nuestro estado de ánimo individual y colectivo; cómo afecta el aislamiento en nuestra salud mental; que la violencia intrafamiliar ha crecido de manera alarmante, que en determinados condominios o barrios se han agudizado expresiones de rechazo hacia profesionales sanitarios por temor al contagio; casos de depresión reactiva, ansiedad y angustia en gran parte de la población, sobre todo en los grupos más vulnerables, entre otros. En definitiva, que el impacto psicológico del COVID-19 en nuestra vida social no debe ser ignorado y que, en consecuencia, la salud mental también debe cuidarse.

¿Ahora bien, qué implica cuidar nuestra salud mental? Quizá ayude que la definamos primero.  Enrique Pichon-Rivière, afamado psicólogo social argentino, la definió como la capacidad de adaptación activa a realidad.  Capacidad adaptativa que se logra comprendiendo lo que pasa para afrontar lo que se requiera de la mejor manera posible. Comprendiendo que cuando nos trasformamos, modificamos el medio y al modificar el medio nos modificamos a nosotros mismos.

La capacidad reflexiva nos permite operar en nuestra realidad

Por lo tanto, poder desarrollar una capacidad reflexiva que nos permita comprender nuestros temores específicos, los riesgos reales o potenciales a los cuáles estamos expuestos y además los recursos o limitaciones con lo que contamos para hacerles frente cobra una particular importancia. Esta capacidad reflexiva nos permite percibir, distinguir, sentir, organizar y hacer algo sobre nuestra realidad, sobre lo que nos pasa tanto a nivel personal-individual como grupal o colectivo.

Mucho se habla sobre la importancia del autocuidado para prevenir los contagios, que a su vez, se convierte en cuidado del otro, “me cuido para cuidar a los demás, y el cuidado de los demás, me cuida”. Quizá también estemos ahora ante la oportunidad de revisar y cuidar otros aspectos, cómo nos relacionamos, cómo nos expresamos, cómo ejercemos nuestra libertad individual, desde qué ética. Entendiendo que el cuidado es un fenómeno constitutivo básico de nuestra existencia y que como tal incluye dos facetas relacionadas pero independientes; por un lado, el cuidado de uno mismo y, por otro, el cuidado hacia los demás.

Considerar la necesidad del autocuidado como un par complementario del heterocuidado es una recuperación de una antigua concepción griega sobre el cuidado de uno mismo como parte del cuidado ético, tal como dice Foucault, la relación con uno mismo es ontológicamente la primera. Cuidarse a uno mismo y de uno mismo para estar consciente de lo que puede restringir nuestra libertad personal y nuestra capacidad genuina de encuentro con los demás pareciera ser uno de los retos que nos toca en tiempos de pandemia.

Mercedes Argaña

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